Ya es hora de calmarse. En realidad los Marlins están desarmando un equipo que terminó en el sótano de la División Este de la Liga Nacional.

Miami perdió 93 partidos. Ocupó el 24to lugar en carreras anotadas y el 21ro en efectividad colectiva. No estuvo cerca de lucir como un buen equipo luego de invertir US$200 millones en el invierno.

¿Alguien preveía a los Marlins llegar a la postemporada en el 2013, incluso con el dominicano José Reyes, Josh Johnson, etc.?

No.

De hecho, este canje podría lucir bastante diferente dentro de uno o dos años. En términos de béisbol, esta transacción se puede justificar.

Los Marlins tomaron algunos riesgos en la temporada muerta que no rindieron dividendos. Apenas se dieron cuenta de que crearon una mala mezcla, comenzaron a tratar de cambiarla.

¿Qué deberían hacer? ¿Negarse a reconocer su error? ¿Invertir otros US$200 millones?

Si quieres criticar a los Marlins, puedes señalar que pudieron haber mantenido al grupo y hasta agregar más piezas. Pero al cambiar al dominicano Hanley Ramírez y a los venezolanos Aníbal Sánchez y Omar Infante durante la temporada, tomaron un gran paso hacia una reconstrucción.

Puedes seguir dudando de los movimientos de los Marlins, pero no creo que mucha gente haya visto a los Peces cerca de un repunte al momento de Miami enviar a Ramírez a Los Angeles.

Los Marlins siguieron el modelo del gerente general de los Atléticos, Billy Beane. Él es uno de los pocos directivos en las Grandes Ligas que tuvo la valentía de observar lo que tenía su roster en realidad, en vez de observar lo que hubiese querido tener.

Durante varios años Beane ha sido criticado por deshacerse rápidamente de sus jugadores. Pero por otra parte, Oakland ha estado en la postemporada seis veces bajo su mando pese a tener una de las menores nóminas en la Gran Carpa.

Miami se está desprendiendo de enormes salarios, cerca de un total de US$164 millones. Esto ha disgustado a varias personas, porque ocurre siete meses después de que inauguraron un estadio nuevo que se suponía les permitiría gastar lo suficiente para al menos competir con los conjuntos de ingreso mediano.

El dueño de los Marlins, Jeffrey Loria, ha sido visto como el culpable de reducir la nómina, pero me atrevería a decir que hay varias personas en su plantel directivo que están entusiasmados por la oportunidad de comenzar de cero.

Miami adquirió a cinco lanzadores jóvenes en tres cambios. Si dos o tres de ellos resultan con largas carreras, este cambio tendrá otra cara.

Los Marlins obtuvieron refuerzos para todo el diamante, incluyendo detrás del plato, donde Rob Brantly (quien llegó desde Detroit) tiene la oportunidad de demostrar su talento.

Si Nathan Eovaldi y Jacob Turner encabezan la rotación durante los próximos cinco año y si el colombiano Donovan Solano y Brantly son sólidos jugadores titulares, Miami tendrá la oportunidad de enviar al terreno un buen equipo encabezado por Giancarlo Stanton.

No es el resultado que la mayoría de la gente esperaba cuando los Marlins agregaron al manager venezolano Ozzie Guillén, al dominicano José Reyes, Mark Buehrle y Heath Bell en invierno pasado.

Muchos pensaron que sería un resultado diferente cuando se inauguró el Marlins Park en la primavera. Es un lujoso y hermoso parque con varias comodidades para los aficionados.

Si Bell hubiera sido más fiable en la novena entrada, si Gaby Sánchez y Logan Morrison hubieran sido mejores, las cosas hubieran terminado diferente.

Pero los Marlins decidieron no ser ingenuos. Su roster necesitaba grandes ajustes.

Ahora invertirán en peloteros jóvenes, y eso es un gran riesgo. Los jóvenes pueden traer bastante esperanzas o pueden decepcionar.

Miami ha contratado al hombre indicado para dirigir está próxima generación. Nada vino fácil para Mike Redmond. Su carrera como pelotero no está tan lejos en el pasado; por eso entenderá los altibajos de sus pupilos. Redmond cultivará ese talento y tratará de colocar a los peloteros en posición para tener éxito.

Este obviamente no es el guión original que los Marlins habían escrito. Pero al menos no están fingiendo que nada anda mal.